Parecía que la versión de la pasión de cristo de Mel Gibson, jamás iba a tener una que se le pudiera comparar, y a pesar de que la historia bíblica de María Magdalena es por demás conocida en todo el mundo, el enfoque del director Garth Davis fue sutilmente inédito y extraordinario.
se atreve a esbozar un retrato espiritual de María Magdalena, prometida en matrimonio por su familia como mandaba la tradición y huida de su hogar para unirse a los bautistas que se convertirían en apóstoles de Jesús.
Pero la película va mucho más allá de este primer objetivo y se erige, de alguna manera, en defensora de algo que está del todo perdido en nuestra sociedad capitalista, que rige también en el estamento de la iglesia: la integridad.
Llegada semana santa, es ineludible el surgimiento de filmes con toques bíblicos, sin embargo, este tiene una visión muy distinta a sus antecesoras.
Es sin lugar a dudas un filme que merece la pena ver, a pesar de su toque feminista permite al espectador diferenciar las anticuadas y duras leyes por las que las mujeres son sometidas.
La frase “las mujeres no son dueñas de ellas mismas”, lo dice con justa causa una esposa a Jesús en las afueras de Jerusalén “sino que son propiedad de sus padres o maridos”.
Una declaración con tintes surrealistas para estos tiempos, pero con toda certeza, era la realidad por la que la religión hacia pasar a las mujeres.
Las mujeres como María trabajan todo el día tejiendo las redes y pescando, mientas los hombres pueden ir a escuchar las enseñanzas del “maestro”. Las mujeres como María son casadas para el beneplácito de los hombres de su casa. Las mujeres como María no pueden salir de sus casas de noche, ni si quiera para ir al templo a rezar.
En si una oportunidad única para sentir los pesados zapatos de ser mujer en un tiempo, donde no tenían ni la más pequeña consideración por su género.
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